Genéticas clásicas vs modernas: qué ha cambiado de verdad en 20 años de breeding cannábico

  • Durante mucho tiempo, las variedades de marihuana se diseñaban con una lógica: resistencia, productividad y potencia. Skunk, White Widow, Bubba Kush, Haze…No necesitaban explicación, funcionaban.
  • Veinte años después, la pregunta ya no es solo cuánto THC produce una variedad, sino qué experiencia ofrece, y esto abarca un amplio abanico de características.
  • En este artículo, te explicaremos la evolución de este proceso: cómo la caracterización de terpenos y cannabinoides, y las dinámicas de un mercado regulado han redefinido la creación de nuevas variedades.

De seleccionar con los sentidos a la era genómica

Desde comienzos de los 2000 hasta hoy, el breeding cannábico ha experimentado una transformación radical; lo que antes era un arte basado en la genética mendeliana, hoy se apoya en la ciencia genómica y el análisis químico.

Hace 20 años, los breeders de los bancos de semillas trabajaban principalmente mediante la selección y cruce de fenotipo durante varias generaciones para fijar los rasgos deseados (potencia, aroma, producción, etc). Con este método, lograr la variedad deseada podía tomar años; además, se priorizaba maximizar la potencia (THC) y el rendimiento de la cepa debido al alto riesgo y valor del producto. Como resultado, durante décadas prevaleció el paradigma del "THC por encima de todo".

El panorama comenzó a cambiar a mediados de la década de 2010 con la llegada de la secuenciación del genoma del cannabis y las herramientas genómicas modernas. En 2011 se obtuvo el primer borrador del genoma de la marihuana y, desde entonces, se han identificado genes clave involucrados en la síntesis de cannabinoides. Un hito reciente lo marcó un estudio canadiense publicado en The Plant Genome, donde se analizaron 174 plantas con distintos perfiles de cannabinoides y se lograron identificar 33 marcadores genéticos ligados a la producción de cannabinoides.

Un "marcador" es una secuencia de ADN que codifica para un rasgo específico (morfología, producción de terpenos, perfil de cannabinoides, etc). De este modo, solo observando estos marcadores, se pueden predecir las características de una planta sin tener que esperar a que complete su ciclo de vida. Esto no elimina el ojo del breeder, pero acorta tiempos.

El THC ya no es el único protagonista

Durante las décadas del prohibicionismo, el mercado empujó hacia una carrera por la potencia, una escalada que puede apreciarse en las genéticas que se crearon desde la década de los 90, en las que los niveles de THC fueron en aumento de forma sostenida.

Hoy en día, este enfoque ha mostrado sus limites: más THC no siempre significa mejor experiencia. Por ello, actualmente se trabaja para crear genéticas con una idea más holística: el quimiovar (el perfil químico completo de la planta).

Cannabinoides como el CBD, CBG, THCV o CBN han pasado de ser anecdóticos a convertirse en objetivos a la hora de crear nuevas cepas. En un mercado regulado, tienen cabida genéticas de todo tipo (pure CBD, ratios más equilbrados, etc), ya que se busca cubrir todo tipo de necesidades.

Terpenos: de aroma a identidad genética

Desde que en los años 70 surgieran los primeros híbridos de marihuana en California, se establecieron los términos "índica" o "sativa" para definir la morfología y los efectos de de la planta. Hoy en día, estos términos han quedado obsoletos y sabemos que el efecto psicoactivo y terapéutico depende de la sinergia entre numerosos compuestos: no solo el porcentaje de THC o CBD, sino también la combinación de cannabinoides secundarios y el perfil de terpenos de la variedad.

Los terpenos, moléculas volátiles responsables del olor y sabor de la marihuana, han cobrado un protagonismo central; antes considerados un complemento sensorial, ahora se sabe que modulan los efectos del THC y otros cannabinoides y, por tanto, contribuyen a definir los efectos y la experiencia.

El impacto del mercado: entre la innovación y la homogeneización

La legalización ha permitido investigar, medir y profesionalizar el breeding como nunca antes; pero también ha generado una presión comercial clara: producir variedades específicas que cubran determinadas necesidades. Para ello, se necesita un alto nivel de estabilidad, recordemos que el cannabis también se usa a nivel medicinal, por lo que la composición debe ser específica y garantizada.

Esto ha llevado a un incremento de la homocigosis en el ADN de las plantas, donde la piscina genética de las variedades es más limitada (se han eliminado genes recesivos que puedan codificar para rasgos no deseados). Algo que conlleva mayor estabilidad pero menor "rusticidad" (la capacidad de la planta para adaptarse a entornos desafiantes), por tanto, las variedades modernas son más estables pero menos resistentes a las adversidades.

Además, debido a la demanda de determinados rasgos (y, por qué no decirlo, a las modas), muchas variedades comparten los mismos linajes base y priorizan rasgos similares. Esto conlleva un riesgo evidente: perder diversidad, como ya ha ocurrido en otros cultivos agrícolas.

Varios expertos advierten que la industria del cannabis, tal como ha sucedido con otros cultivos comerciales, tiende a un "cuello de botella" genético. De hecho, un estudio de 2025 realizado en California señaló que la presión del mercado está llevando a muchos cultivadores comerciales a elegir siempre las mismas genéticas "ganadoras", para satisfacer las expectativas del consumidor promedio.

¿Se están perdiendo líneas genéticas interesantes?

Muchas variedades modernas comparten una base genética muy similar (OG Kush, Skunk, Haze, Chem), debido a décadas de hibridación orientada casi exclusivamente a conseguir niveles de THC muy altos.

Esta repetición de linajes ha generado una fuerte homogeneización genética en detrimento de otros rasgos como resistencia, complejidad en el perfil aromático o capacidad adaptativa.

El fenómeno no es nuevo: durante los años de prohibición, los híbridos de marihuana comerciales desplazaron a numerosas landraces en regiones históricas como México, Tailandia, India, Jamaica o Marruecos, erosionando su patrimonio genético.

Hoy, incluso en contextos legales, la implantación de híbridos modernos sigue diluyendo el cultivo de genéticas locales, provocando una auténtica "extinción por hibridación". De hecho, en el sector del cannabis está surgiendo una creciente preocupación por patógenos emergentes como el virus del mosaico latente o los ácaros broad mites, cuya propagación explosiva se facilita en instalaciones masivas con clones genéticamente idénticos. Una mayor variabilidad genética actuaría como "seguro", ya que siempre habría algunas variedades con resistencia natural.

Por eso, varios breeders veteranos abogan por conservar y reintroducir genética de landraces en los programas de cría actuales. Afortunadamente, la conciencia sobre esta problemática está creciendo, y organizaciones y Gobiernos (como Marruecos o Colombia), han iniciado proyectos para catalogar y proteger sus variedades tradicionales antes de que desaparezcan.

En el ámbito privado, existe un movimiento craft de cultivadores que deliberadamente cultivan genéticas raras o antiguas, buscando ofrecer experiencias distintas a las de las familias que imperan en el mercado mainstream (cookies, Diesel, etc).

Clásicas vs modernas: ¿Qué variedades de cannabis son mejores?

La respuesta corta es: depende de lo que busques.

Genéticas clásicas como Skunk #1, Northern Lights, White Widow o Haze, nacieron en los 80 y 90 con un objetivo claro: fiabilidad. Eran plantas vigorosas, estables y con efectos bien definidos (y potentes). Skunk #1 destacó por su estabilidad y resistencia; Northern Lights por su resina y efecto sedante; Haze por su psicoactividad cerebral única…

Las genéticas modernas, en cambio, tienen una menor variabilidad en su piscina genética (mayor homocigosis), y han sido pensadas para cubrir unas necesidades específicas. Híbridos como Girl Scout Cookies, Gelato o Gorilla Glue priorizan altos niveles de THC, perfiles de terpenos que dan lugar a sabores muy definidos y un fuerte atractivo comercial.

A esto hay que sumarle un factor clave del breeding actual, la adaptación rápida: una genética exitosa se transforma en seguida en versiones fast, autofloreciente, o rica en CBD para cubrir distintos perfiles de usuario.

La incorporación de la genética ruderalis y la mejora de las autoflorecientes ha democratizado el cultivo (permitiendo que usuarios en climas nórdicos puedan recoger copiosas cosechas), mientras que el abanico actual permite elegir entre efectos clásicos, experiencias sensoriales intensas o usos medicinales específicos.

No hay cepas mejores ni peores: hay genéticas pensadas para contextos, cultivos y experiencias distintas.

La genética ha evolucionado porque el cannabis también ha cambiado

En 20 años hemos pasado de criar plantas que sobrevivían (tanto en condiciones climáticas adversas como en marcos de ilegalidad), a crear plantas que expresan.

La genética moderna no sustituye a la clásica: la amplía, la reinterpreta y la especializa. El verdadero avance no es solo técnico, sino cultural: hoy elegimos una genética de marihuana sabiendo qué queremos sentir, cómo la vamos a cultivar y qué valoramos del cannabis. Y entender esa evolución es, en el fondo, parte de cultivar con criterio.

15/12/2025

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